Tal día como hoy, pero hace 120 años, fallecía Johannes Brahms. Puede que no te guste la música clásica. Puede que no te atraiga este compositor en particular, o que ni siquiera hayas oído hablar de él. Pero, lo sepas o no, es muy probable que su música te acompañara, siendo bebé, a la hora de dormir.

Brahms (1833-1897) destacó desde su juventud como un talentoso creador de música de cámara y para piano solo. Así mismo, dejó una serie de alegres danzas húngaras (Ungarische Tänze) y una obra diversa para coro y orquesta (destaca el famoso Réquiem alemán). En comparación, la producción propiamente orquestal fue escasa: cuatro sinfonías, dos oberturas, más dos conciertos para piano, uno para violín y otro más para violín y violonchelo.

A veces se olvida que también es un reconocido autor de canciones para voz y piano (Lieder, en alemán), sueltas o agrupadas en ciclos. La temática es variada, aunque predominan la nostalgia y lo otoñal. Algo de eso hay en la Wiegenlied (Canción de cuna) op. 49 nº 4. Su melodía es de las más famosas y reconocibles del mundo. El compositor alemán la dedicó a la cantante Bertha Faber, de quien había estado enamorado, con ocasión del nacimiento de su segundo hijo.

De la Canción de cuna, publicada en 1868, se han hecho muchas adaptaciones; por ejemplo, para piano solo o para violín y orquesta. El mismo Brahms la usó con variaciones en el primer movimiento de su Segunda Sinfonía.

En la Mediateca encontrarás una muestra interesante del repertorio brahmsiano. Te recomendamos las grabaciones de Claudio Arrau de los dos conciertos para piano; la Cuarta Sinfonía dirigida por Carlo Maria Giulini; el concierto para violín con Anne-Sophie Mutter y Herbert von Karajan… Grandes nombres de la dirección y la intepretación al servicio de una música excepcional.

Compartir: