Si hay un género cinematográfico americano por excelencia, ese es el wéstern. Durante su edad dorada, los años 1940 a 1960, John Ford fue uno de los directores más reconocidos y John Wayne una de sus estrellas. El encuentro entre ambos dio fruto en La diligencia, la denominada Trilogía de la Caballería (Fort Apache, La legión invencible y Río Grande), El hombre que mató a Liberty Valance y otros clásicos de Hollywood. Hoy te recomendamos Centauros del desierto (DVD 2010, 2011, 2012).

La mirada de Ethan lo dice todo

¿Qué tiene de especial este título? En apariencia es un wéstern más de la época, con su manido argumento de colonos y soldados de caballería enfrentados a los indios. Pero hay un elemento distintivo: el retrato que hace del racismo. Por supuesto, estaba latente en muchos guiones de la época, en los que “el único indio bueno es el indio muerto”. Tampoco es que Ford filmase un alegato en favor de los nativos americanos (en todo caso, eso vendría más tarde con El gran combate, su último wéstern). En 1956 el odio ni se esconde ni se matiza: se expresa en cada gesto, cada mirada y cada palabra de Ethan Edwards (Wayne), un hombre violento, solitario, autoexcluido de la familia y de la comunidad, que emprende la búsqueda de una sobrina raptada por los comanches con la determinación de asesinarla si descubre que ha sido “contaminada”. Y lo hace en compañía de Martin (Jeffrey Hunter), a quien desprecia por su sangre mestiza.

El grandioso paisaje de Monument Valley, escenario de los aclamados wésterns de John Ford

El tema de la niña blanca secuestrada por los indios no era nuevo. Ford se basó en la novela homónima (The Searchers) de Alan LeMay, quien, a su vez, se había inspirado en varios casos sucedidos en Texas durante el siglo XIX. También los personajes de Ethan y el jefe comanche Scar (Cicatriz) tienen un sustento real. La genialidad de Ford consiste en hacer del segundo un espejo del primero: también él odia (al hombre blanco) por la muerte de su familia (dos hijos). Por otra parte, insinúa más que explica el pasado de Ethan; sólo sabemos que es un veterano de la Guerra de Secesión (1861-1865), se da a entender que después habría sido mercenario en México y seguramente un forajido, y sospechamos que entre su cuñada y él hubo algo en el pasado (¿será la pequeña Debbie producto de ese amor imposible?).

Al final de la película, Wayne rinde homenaje a Harry Carey adoptando su pose característica

Este papel de outsider racista no es típico de la carrera de Wayne, de ahí su interés. Y hay más cosas que convierten a Centauros del desierto en un clásico imprescindible. La fotografía de Winton C. Hoch capta como nunca la belleza visual del majestuoso Monument Valley. La partitura de Max Steiner y los temas de carácter tradicional subrayan la narración. Los nombres de algunos personajes tienen -y no por casualidad- resonancia bíblica (Ethan, Aaron, Mose). La importancia de los vínculos familiares no se limita al guion, sino que se extiende al equipo de producción y al elenco de actores: dos hermanas Wood caracterizan a la pequeña (Lana) y a la adulta Debbie (la malograda Natalie); también aparecen la viuda y el hijo de Harry Carey, amigo de Ford y Wayne; incluso Pat Wayne, hijo de John, tiene un breve papel. Por otra parte, Ford se rodea de secundarios habituales en sus proyectos, como Ward Bond en el papel del reverendo Clayton.

En definitiva, The Searchers es la historia de una búsqueda obsesiva tanto como la tragedia de un solitario. Un relato épico en el que se aprecia dos partes claramente diferenciadas, hasta el punto de que algunos críticos hablan de dos películas en una: los primeros 45 minutos, plenos de intensidad dramática; y el resto, un largo intermedio humorístico que tendría por objeto rebajar la tensión antes de afrontar el desenlace. Aún con esta objeción, el conjunto está regido por un movimiento circular, basta juntar las escenas de inicio y fin.

 

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