Un 9 de noviembre de hace treinta años caía el símbolo por excelencia de la Guerra Fría (1947-1991). El muro inexpugnable que había sellado la división de Berlín, la histórica capital alemana, en dos bloques (occidental y oriental) durante casi tres décadas, pasaba a la Historia tan rápido como fuera levantado. Era el principio del fin de la República Democrática Alemana (comunista) y de su integración en una (re)unificada República Federal de Alemania (capitalista).

El Muro de Berlín ha dado bastante juego en el cine. Especialmente, en el subgénero de espionaje e intriga política, por motivos obvios; un buen ejemplo es el clásico de 1965 El espía que surgió del frío. El tenso ambiente de la época también sirvió de inspiración -o excusa- a alguna comedia disparatada, como aquella de Billy Wilder a la que la construcción del Muro sorprendió en pleno rodaje (Un, dos, tres). Y humor es justo lo que te proponemos este mes: Good Bye, Lenin! (DVD 3245, 3248).

Una mujer que pierde el conocimiento y entra en coma, que despierta ocho meses después y ha de guardar cama bajo los cuidados de su hijo e hija, parece una situación más propia de un drama. Sin embargo, en las manos del director Wolfgang Becker y del guionista Bernd Lichtenberg, es el arranque de un argumento divertidamente absurdo. Y es que, dada la gravedad de su estado de salud, la militante socialista Christiane no se debe enterar de lo ocurrido mientras estuvo «ausente». ¿Cómo lograrlo? Pues fingiendo que todo sigue igual que antes de noviembre del 89. Alexander y Ariane se las tendrán que ingeniar para adaptar el presente capitalista al pasado comunista en que se congeló el tiempo de su madre.

Alex (Daniel Brühl), su madre Christiane (Katrin Saß), su novia Lara (Chulpan Khamatova) y su hermana Ariane (Maria Simon) se (des)informan en la TV «alternativa»

El germen de Good Bye, Lenin! son las observaciones que Lichtenberg, un alemán occidental, hizo de la transformación operada en Berlín mientras estudiaba allí en 1990, a las que luego añadió detalles sacados de entrevistas con habitantes de la antigua Alemania Oriental. Esto le ayudó a reflejar la situación de confusión y desamparo en que quedaron quienes, por edad o ideología, vivieron el hundimiento del comunismo y el triunfo del capitalismo como una derrota personal y colectiva. No es un ejercicio de Ostalgie (la nostalgia de la vida en tiempos de la RDA), ya que la película ironiza y satiriza al Estado socialista. Además, pese al fondo dramático, el tono general es ligero. Por otro lado, los personajes son tratados con cariño; incluso, cuando el joven Alex enreda la madeja de las mentiras piadosas hasta límites surrealistas.

La cinta le proporcionó a Daniel Brühl (actor alemán nacido en España) el impulso para darse a conocer internacionalmente y figurar en producciones como Malditos bastardos y Capitán América: Civil War. La película en sí fue un éxito: ganó un puñado de premios (7 del Cine Alemán, 6 de la Academia de Cine Europeo, un Ángel Azul en el Festival Internacional de Berlín, un César, un Goya) y gustó a la crítica y al público dentro y fuera de Alemania, multiplicando por doce en taquilla el presupuesto invertido.

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