Eso de que «Nadie es profeta en su tierra» lo cumple a la perfección el disco de este mes. No solo fue un fracaso comercial, sino, sobre todo, la historia de una incomprensión.  Sin embargo, no ha dejado de ganar adeptos entre el público y la crítica musical desde aquel lejano 1979.

La leyenda del tiempo (CD 949) era una obra que se abría a la experimentación, algo así como —afirman los autores del ensayo que acompaña a la edición de la Mediateca, a quienes seguiremos en este post— «el ‘Sgt. Peppers’ de Camarón».

Camarón de la Isla no debería necesitar muchas presentaciones. Considerado uno de los mejores cantaores del flamenco contemporáneo, su prematura muerte en 1992 puso fin a una carrera artística a veces más valorada fuera que dentro de España, y a una trayectoria discográfica que no cuajó en ventas hasta su penúltimo trabajo (Soy gitano, 1989, primer disco de oro). Este del que hablamos hoy es el décimo de estudio, publicado cuando José Mongue Cruz (nombre real del cantante) tenía 28 años.

Portada original del vinilo

La leyenda del tiempo fue un proyecto de Ricardo Pachón, quien ya había producido a artistas del ámbito flamenco, como Lole y Manuel y los grupos Veneno (de donde saldría Kiko Veneno) e Imán. Este último era un exponente del rock andaluz que en los 70 se aventuraba a fusionar el flamenco con otros estilos, en especial el rock progresivo y el jazz. Así pues, 1979 se antojaba el momento oportuno para abrir una nueva etapa en la carrera de un Camarón con ganas de hacer cosas distintas.

Camarón durante las sesiones de grabación

Pachón lo rodeó de músicos y acompañantes de reconocida solvencia. Un fichaje clave fue José Fernández Torres (Tomatito), el acompañante en directo de Camarón en los dos últimos años. Raimundo Amador (uno de los fundadores del grupo Veneno) lo secundaba a la guitarra flamenca, y también tocaba el bajo eléctrico. Con buen ojo, el productor reclutó a la mayoría de los miembros de Alameda (banda que grabó su primera maqueta de la mano de Pachón): Manolo Ros al bajo, los hermanos Marinelli a los teclados y piano, Pepe Roca en la guitarra eléctrica. Con estos cimientos, construyó un edificio musical donde no faltan la batería, los bongós (de Pepe Ébano, uno de los introductores del cajón peruano en el flamenco, que ya había trabajado con Paco de Lucía), la flauta (del jazzista madrileño Jorge Pardo) y hasta el sitar, así como las tradicionales palmas y zapateados.

El resultado es una curiosa combinación de arreglos de rock y jazz, de solos y riffs de guitarra, de rumbas, bulerías, cantiñas, alegrías y tangos flamencos, y, por supuesto, la inconfundible voz de Camarón. Las letras adaptan textos de Federico García Lorca, un poema de su compañero de generación Fernando Villalón e, incluso, uno persa. En total, diez canciones que suman menos de 35 minutos. Nosotros te seleccionamos los tres temas que, quizá, mejor transmiten el carácter innovador del disco.

El que da título al álbum es una bambera de pegadizo acento jazz-rock y letra lorquiana:

La tradicional La Tarara rejuvenece —y se enriquece— con los arreglos de Pachón:

¿Y qué decir de una de las rumbas más populares? Compuesta por Kiko Veneno, pronto se convertiría en un himno camaroniano. Desde entonces, ha conocido numerosísimas versiones, incluyendo la del propio Kiko:

La leyenda del tiempo apenas vendió 6000 copias de su primera edición. Falló la promoción y los puristas le dieron la espalda. Sin duda, había sido una audacia, una revolución para un cantaor que hasta entonces se movía dentro de los cánones del género. Camarón, decepcionado y frustrado por la fría acogida del disco, regresó a un flamenco más ortodoxo. No obstante, confiaba en que el disco acabaría por entenderse con el tiempo. Y no se equivocó.

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