Peter Watkins es un veteranísimo director de cine que se mueve en círculos minoritarios. Sus películas nunca han sido éxitos de taquilla, ni, por lo general, objeto de premios y distinciones. Lo que sí tienen es personalidad propia, debido al marcado carácter político y al uso del falso documental. Precisamente, dos de sus sellos de identidad desde sus inicios como cortometrista hace sesenta años.

Su última película data del año 2000 y, con toda seguridad, será su testamento. Si te la proponemos este mes, sabiendo que se trata de un cine difícil, es porque, justo en estos días, se cumple un siglo y medio de la «semana sangrienta» que puso fin a un episodio revolucionario que todavía divide a la opinión intelectual y pública en Francia: la Comuna de París de 1871. De su historia, y de mucho más, va La Comuna (DVD 10846).

Simplificando: la Comuna de París fue un breve, intenso y polémico drama que sacudió a la capital francesa en la primavera de 1871. El país acababa de ser derrotado por Prusia (= Alemania), provocando la caída de la monarquía y la instauración de un gobierno republicano. Las tensiones destapadas por esta crisis, desembocaron en un enfrentamiento entre el gobierno conservador, de un lado, y los sectores más humildes de la población parisina, duramente golpeados por la guerra, del otro.

Watkins viaja en el tiempo para mostrarnos lo ocurrido… a su manera. No es una reconstrucción histórica académica. Aunque respeta el curso narrativo —del estallido revolucionario (18 de marzo) a la brutal represión gubernamental (21-28 de mayo)—, ante todo, se centra en los acontecimientos a ras de calle. Al mismo tiempo, establece un diálogo entre el presente y el pasado, a propósito del poder y los medios de comunicación.

Barricada de la Guardia Nacional, la milicia voluntaria que constituía la principal fuerza militar de la Comuna de París

Para lograrlo, el director inglés echa mano de un formato que va más allá del documental, el docudrama o el falso documental, que había empleado en ocasiones anteriores. Y es que La Commune fue todo un experimento, desde la misma concepción del film. Durante un año, un equipo de investigación estudió, recopiló y preparó el material a partir de las fuentes primarias. Después, Watkins reunió un colectivo de más de 200 personas (más de la mitad, no profesionales de la actuación) para asumir los roles de los dos bandos. El rodaje se prolongó trece días en una fábrica abandonada a las afueras de París. De ahí salieron casi seis horas de metraje en blanco y negro, que se reparten entre los dos DVD de la edición en VOSE de la Mediateca.

Peter Watkins en el rodaje de La Comuna

Watkins emplea técnicas dramáticas para recrear un realismo documental, pero no llama a engaño. Pone las cartas boca arriba desde el principio: no va a ejercer de historiador «equidistante». Pese a ello, invita a gente de ideología conservadora para que represente las posiciones contrarias a la Comuna, y no escabulle los puntos más oscuros y contradictorios del proceso revolucionario. En cuanto a la forma, la presentación del escenario, así como del actor y la actriz que harán de hilo conductor, despeja de entrada cualquier duda sobre el carácter teatral de lo que se va a representar ante la cámara.

Según avanza la película, particularmente en su segunda parte, el relato histórico va diluyéndose en favor de una interacción reflexiva entre la Comuna y los problemas de la sociedad moderna. La espontaneidad se apodera del elenco actoral (incluye personas en paro y sin papeles), que se expresa libremente, al margen del guion, involucrándose en discusiones colectivas que cuestionan la sociedad contemporánea y el propio rodaje. Los límites entre la forma y el proceso se confunden, tanto como los límites entre la Historia y la actualidad. Ahí radica uno de los mayores atractivos de la película, a la vez que uno de sus puntos débiles para quienes no gustan de esta clase de ensayos cinematográficos.

El debate y el presencia femenina, dos de las claves de este singular film

No es fácil echarse entre pecho y espalda una obra de semejante extensión y factura formal, en la que se abordan temas complejos e interconectados como la legitimidad del poder, el ejercicio de la ciudadanía, la democracia directa, la autogestión, el derecho individual y colectivo a la libertad de expresión, la protesta y la resistencia, o la actitud crítica ante los medios de comunicación (en 1999 eran la prensa y la televisión; de haberla rodado ahora, Watkins habría puesto el foco en las redes sociales). Dicho esto, La Comuna sorprenderá a quien crea que los debates de hoy no guardan relación con los del ayer. Basta con observar la normativa de carácter social que intentó aplicar aquel primer gobierno de base obrera: «stop desahucios», control de los alquileres, reforma educativa, reducción de la jornada laboral… O con recordar la importancia primordial de las mujeres (cristalizada en una Unión de Mujeres) en la vertiente más popular de una utopía alabada y denostada por igual.

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